EL VINO PARA LAS CREMAS, Y EL CARACOL PARA EL CORAZÓN… ¿O ERA AL REVÉS?

Una de las recomendaciones de salud que más hemos repetido, cual loritos en las dos últimas décadas, es aquella de: “hay que tomar una copita de vino en las comidas”. Pero ¿sigue vigente esta afirmación? ¿Es tan bueno el vino cómo para olvidar su contenido en alcohol? ¿Puede una bebida alcohólica formar parte de las directrices de dieta saludable? ¿Los intereses son sólo de salud?

Vamos a ponernos un poquito históricos. En los años 80 se realizaron unos estudios poblacionales europeos sobre salud cardiovascular. Estos arrojaron como resultado, que en Francia, a pesar de contar con una dieta rica en grasas saturadas (queso, mantequillas, embutidos…) gozaban de bajos niveles de afecciones cardiovasculares. Al indagar en la posible causa de este anómalo efecto, apuntaron como responsable al consumo diario de una copa de buen vino. A este descubrimiento se le llamó Paradoja Francesa, al efecto beneficioso atribuido al vino sobre la prevención de enfermedades coronarias. Fue a partir de entonces cuando comenzó a investigarse cuál era el componente o componentes de esta bebida al que poderle atribuir tan deseado efecto. Fue con esto que nacieron los alimentos funcionales, es decir, aquellos que además de cumplir su función nutricional, cuentan además con otro efecto beneficioso sobre nuestra salud, ejemplo de ello son: el licopeno del tomate y su poder antioxidante, las nueces y su control sobre el colesterol sanguíneo, etc. Y con este nuevo concepto, aparecieron también muchos estudios para la búsqueda de nuevos ingredientes y alimentos por parte de la industria alimentaria, para empezar a comercializar alimentos haciendo valer su valor añadido, o bien añadienselo de forma artificial y haciendo valer su valor añadido después (en algunos casos el orden de los factores no ha alterado el producto). A este tipo de afirmaciones sobre los efectos de un alimento o ingrediente se les llaman declaraciones de propiedades saludables.
De esta manera en los alimentos y productos alimenticios comenzábamos a ver: “este producto contiene…” y “tal componente ayuda al normal funcionamiento/ tiene un efecto beneficioso sobre, etc”.
En el caso del vino no tratéis de buscar esta información en el etiquetado, ya que la Unión Europea en el Reglamento 1924/2006 prohíbe cualquier “declaración de propiedades saludables en cualquier bebida alcohólica de más de 1,2% de volumen de alcohol” por lo que fuera cual fuera el origen de esta Paradoja Francesa no podrá utilizarse como reclamo para la venta de vino tinto.

Durante algunos años hemos convivido con este tipo de imágenes
Durante algunos años hemos convivido con este tipo de imágenes

Avancemos en el conocimiento: fruto de aquellas investigaciones se descubrieron los compuestos fenólicos del vino. Estos polifenoles son sustancias antioxidantes, los flavonoides y los estilbenos, ambos grupos relacionados con la prevención de enfermedades cardiovasculares, efecto antiinflamatorio, cáncer y enfermedades neuronales. Destaca una molécula llamada Resveratrol, presente principalmente en la piel de las uvas moradas, aunque también en otros alimentos. Es un potente antioxidante actúa con un efecto protector ante el daño oxidativo que causan las enfermedades anteriores. Tal es su efecto, que las industrias farmacéutica, alimentaria y cosmética no han dudado en ponerse manos a la obra para sacar alimentos, cremas, pastillas, cápsulas… El argumento de venta no es únicamente la prevención de enfermedades, sino también, un retraso del envejecimiento, y ya sabemos todos lo provechoso que puede ser este último punto.

Pero el vino además de sustancias bioactivas, tiene otra parte, menos bio- pero mucho más -activa: el alcohol. La graduación alcohólica del vino (recordad que hablamos de vino tinto), en la actualidad suele oscilar entre el 10-15%, lo que supone una ingesta alta de alcohol.  No hay que olvidar que entre los efectos a largo plazo están: afectación del sistema nervioso, consecuencias en el entorno social, aumento de la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea, riesgo de úlceras, daño hepatico, alteraciones renales, malabsorción de vitaminas y minerales, dependencia (alcoholismo), etc.

Una vez puesto sobre la mesa beneficios y perjuicios del vino tinto, comienza el debate: ¿es tan fuerte el efecto beneficioso? ¿En pleno siglo  XXI, debe el vino permanecer en las recomendaciones de salud? ¿Pueden los beneficios de los antioxidantes ganar al daño oxidativo del alcohol?
Para empezar diré, que la teoría de la Paradoja Francesa comienza a perder fuerza, como consecuencia de un cambio en la forma de la nutrición. Ahora la tendencia es mirar todos los condicionantes que un alimento y sustancia tiene y no aislarlo en la pura naturaleza del elemento, es decir, empieza a cuestionarse si además del efecto antioxidante, el hecho del consumo en las comidas puede incluir otros condicionantes en la ingesta, como las circunstancias en las que se toma, la inclusión de actividad física derivada de su consumo y otras circunstancias más generales. Por tanto, la forma de pensar actual no atribuye este efecto protector al vino sino a un conjunto de circunstancias que rodean a su consumo.

Una buena parte de las denominaciones de origen españolas son vinos
Una buena parte de las denominaciones de origen españolas son vinos

Cabe destacar que al carro de esta recomendación se han sumado los países bajo el yugo de la “Dieta Mediterránea” (algún día os contaré porque lo cito entre comillas), que casualmente son lo principales productores de esta bebida. Supongo que no os sorprendo sí os digo que este mundo de la alimentación no está al margen de beneficios económicos, y siento deciros que las triquiñuelas que hace la industria o un país cuando quiere vender un alimento del que tiene excedente o es un gran productor, pueden llegar sin duda a condicionar nuestro consumo en gran medida.

España es uno de los países que más beneficios le genera la enología
España es uno de los países que más beneficios le genera la enología

De esta manera se consigue que ciertos alimentos “se pongan de moda”, y que lo que hoy es malo, mañana buenísimo (dejémosle algo de beneficio de la duda, a la buena ciencia que avanza). No hay más que ver lo que ha crecido la cultura del vino en los últimos 10 años, aperturas de nuevas bodegas, exportaciones, incluso su poder antioxidante se usa como reclamo para cosmética (no se que os sorprende, si son capaces de conseguir vender que nos untemos un Caracol por la cara), en los años 2000 ha sido el vino, pero ha sucedido también con la soja, las bayas de Goyi, etc. y seguirá pasando algo parecido con otros alimentos siempre.

Creo que a estas alturas y con lo que vamos aprendiendo en nutrición, la inclusión de una bebida alcohólica en las recomendaciones de salud de una población sobra. Puesto que el daño que puede causar la porción alcohólica, gana a los compuestos bioactivos. Siendo además como somos, una sociedad de excesos, donde aprovechamos todo lo que nos viene bien, haciendo oídos sordos de aquello que nos cuesta un poco más, no hace falta tener mucha visión para saber que esta recomendación ha ido creciendo por lo sencillo que nos resulta seguirla y lo que nos cuestan otras con mucho mayor efecto cardioprotector y sobre la salud general.

Amén de lo que esta bebida alcohólica implica a la pérdida de peso, ya que es habitual que quienes lo consumen a diario desprecien el aporte calórico del mismo, reduciendo, en muchas ocasiones, la ingesta de comida pero dejando indemne la de vino. Pero no voy a ir por aquí, que no creo que sea el argumento principal.

Ese concepto de que en una dieta equilibrada debe de comerse de todo, empieza a resultar algo caduco, esa punta de la pirámide llena de bebidas alcohólicas, chucherías y bollos empieza a ser menos pirámide y más trapecio, porque los beneficios nutricionales reales de esos alimentos son nulos, también son nulos los de la ingesta de detergente y no por ello decimos que es de consumo ocasional. Por tanto no quiero decir que habría que prohibirlos, hay otro tipo de condicionantes, más bien sociales, por los que se consumen, pero nunca proponerlos dentro de un modelo de alimentación saludable aunque sea dentro de un consumo ocasional. Ni que decir tiene, si ya, encima de situarlo en la pirámide no lo hacemos en la cúspide, sino que va en la base, asignándole un consumo diario. ¿De verdad creéis que una bebida alcohólica puede estar por encima de otros alimentos de obligado consumo diario?

A estos de las asociaciones de productores de vino, a los cardiólogos-bodegueros, a los gobiernos Mediterráneos, a los de los balnearios de vino… Se les ha debido de pasar por el alto que también contienen resveratrol, las uvas (no hay que olvidar que son el origen del vino y que el contenido se aloja principalmente en la piel), otros frutos rojos como las moras o los arándanos, y en menos proporción en los frutos secos (cacahuete o nueces, sobretodo). También la mantequilla de cacahuete (producto elaborado, al igual que el vino) tiene un alto contenido, pero a nadie se le ocurre hacer sobre ello una recomendación de salud, primero por una razón cultural, ya que no es un alimento muy consumido en nuestra zona, (en América esta recomendación les iría que ni pintado para promocionar su consumo, léase con ironía) y segundo y principal, por el alto contenido en grasa de este alimento que se traduce en un alimento muy denso calóricamente; esto debería suceder con el vino: fuente de resveratrol y otros polifenoles, ensombrecido por el contenido en alcohol.

Y un último apunte, muchos son, aquellos cuyo único momento de hidratación coincide con la hora de las comidas, siendo estas las únicas oportunidades para beber agua, y si en este momento el vaso lo que contiene es vino, se reduce a 0 la ingesta de agua, por tanto ya no sólo tiene importancia por lo que se toma con el vino, sino por lo que se deja de tomar. Es una locura, pero no sabéis cuanta gente me encuentro a diario cuyo consumo hídrico asciende a 1-2 vasos como mucho. Si no se bebe agua durante el día y se llega a la comida con un mínimo de sed, esta será calmada con vino, que es probable que deba de reponerse más de una vez para abarcar toda una comida y así “calmar la sed”.

Como conclusión, en los últimos años se ha promovido el consumo moderado de vino tinto por su efecto antiinflamatorio, cardioprotector, reducción de la grasa o del riesgo de cáncer, pero seguramente el cardiólogo también nos habrá dicho (si es que no, es para retirarlo) otra serie de recomendaciones con igual o mucho mayor efecto sobre nuestra salud a las que no nos hemos apuntado como son:
– el consumo de 5 raciones de fruta y verdura diarias
– la reducción del perímetro abdominal
– reducción de la cantidad de sal
– promoción de un estilo de vida activo.

Pero claro socialmente son mucho menos divertidas, nos ponen límites en lo que más nos cuesta y encima ningún sector productivo gana dinero con ellas.

Ahora vais y decís que Andrea Izquierdo ha prohibido el vino… Espero que alguno hayáis podido ver que lo que he intentado es trasmitir que, al menos, el consumo moderado de vino no se enmarque dentro de una lista de hábitos saludables.

 

 

 

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