…QUE VIENE, QUE VIENE…

¿Qué tendrá un trozo de tela de apenas unos cuantos centímetros que consigue causar mucho más susto y desasosiego que una mala analítica o un estado de decaimiento?

Bienvenidos a la época del año en la que las prisas y los milagros parecen parecen ser los más demandados en la carrera por bajar de peso. Parece que ahora que las capas de ropa se van aligerando, es cuando empezamos a observar que nos sobran unos kilos, además se suma el hecho de querer lucir radiantes con una minúscula prenda de ropa, que no hace más que sacarnos los colores, y para terminar de rematarlo terrazas y helados nos hacen el propósito más cuesta arriba.

Me he propuesto con este artículo no tirar de los orejas a nadie así no diré os lo dije, cuando por allí por octubre el reconocimiento médico ya decía que algo debías cambiar, ni cuando después de unas descontroladas navidades hubo que hacerle un agujero más al cinturón, ni si quiera cuando viste que al entrar la primavera te encontrabas decaído y comiendo cada día cualquier cosa a la que quitarle 50 plásticos antes de comer. Lo dicho, no diré os lo dije.

Para sumar más leña al fuego, a las ganas de perder peso desesperadamente de unos, se le suman quienes tienen ganas de hacer caja prometiendo este resultado, lo que concluye en consecuencias negativas  (a veces nefastas) para la salud, para la cartera y para el ánimo de hacer las cosas bien al próximo intento.

Se conocen con el término “dietas milagro”, y suelen tener unos denominadores comunes:

  1. No son prescritas ni ideadas por nadie que tenga nada que ver con un profesional de la nutrición, puedo decir si ningún miedo a equivocarme que ni yo, ni ninguno de mis compañeros somos lo suficientemente avispados, como para idear un método con el que forrarnos, (aunque sólo sea hasta que salga el siguiente) dando un nombre rimbombante a un listado imposible de alimentos.
  2. Tienen una ingesta calórica muy deficiente, en la que la pérdida de peso no es la única consecuencia, quizás la más evidente, pero el estado carencial de vitaminas y minerales en el que se ve envuelto el organismo puede ser difícil de recuperar.
  3. De la educación nutricional ni hablamos, por supuesto, “pan para hoy y hambre para mañana”, ¿o no?, en este caso es más bien al revés.
  4. Necesitan  de otras ayudas que no son alimentos.
  5. Toman el nombre de su inventor, el de la clínica, o el alimento rey y en sus mensajes hablan de efectividad, de tiempo y de supuestos resultados probados Además de recurrir a la hortera imagen de una cinta métrica o similar.

Entre todo este conjunto de sistemas de pérdida de peso, suelen repetirse según que patrones que permiten clasificarlas en un grupo u otro por el mecanismo al que recurren para la consecución del objetivo:

  1. Dietas disociadas: consisten en separar los alimentos según el grupo al que pertenecen considerando que un alimento engorda más o menos si se combina o no con otro de otro tipo. Principalmente se basan en separar los alimentos que consideran proteicos, de los que hacen llamar hidratos de carbono. Hecho que cae por su propio peso, basta con observar una tabla de composición de alimentos para comprobar que no existe alimento alguno formado sólo por proteínas o sólo por hidratos de carbono, por tanto, si la naturaleza no distingue, es bastante imposible que seamos capaces de hacerlo en un plato, o que pretendamos que lo haga nuestro sistema digestivo. No son pocas veces las que me encuentro con gente que acude a consulta por creer “mezclar proteínas e hidratos” encontrando ello la causa de su sobrepeso o obesidad. Si se reduce peso, es simplemente por suponer un método de control de alimentos como cualquier otro.
  2. Dietas sin algún nutriente esencial: las más conocidas son las hiperproteicas que reducen al máximo las ingestas de alimentos imprescindibles en cualquier dieta en general, y dieta de adelgazamiento en particular, como la fruta, la verdura, los cereales integrales o las grasas saludables. También las hay ricas en hidratos de carbono. Las consecuencias de este grupo son variadas, desde la sobrecarga renal o hepática, hasta estados carenciales severos o estreñimiento.
  3. Dietas hipocalóricas: (muy bajas en calorías). Aquí es donde la pechuga de pollo y la lechuga son las reinas, causan de nuevo estados carenciales, pérdida de masa muscular, incluso masa ósea y un pronunciado efecto rebote, por la adaptación metabólica que subyace a esta restricción, ya que al ingresar de nuevo una cantidad de calorías normal se produce como si fuera un “fenómeno de ahorro”.
  4. EL cajón desastre: aquí caben el resto, las que la ingesta es dominada por un único alimento, las que duran una semana con una sopa diurética que logran una pérdida severa de líquido y con ello de peso, y otras perlas…

Los nombres son variados: Dunkan, Clínica Mayo, del Melocotón, del Espárrago, la del Grupo Sanguíneo, triple factor, la del Ying y el Yang…

Me gustaría que este fuera la última vez que escribo sobre esto, pero es probable que no suceda así, vivimos cada día más deprisa y queremos todo para ya, que los coches corran más, que los analgésicos tarden menos, y que las dietas se noten antes.

¿Porqué no igual que hemos aprendido que debemos de usar protector solar antes de la exposición, quedando sólo unos pocos cafres (de todo tiene que haber) que no lo hagan; no aprendemos también, a dejar de jugárnosla con nuestra alimentación y el funcionamiento de nuestro organismo?

Es totalmente lícito querer lucir radiantes en el verano, pero,,, ¿y si este año lo planteas como una consecuencia y no como un objetivo? Si este año te planteas que es hora de cambiar tus hábitos, más allá de operaciones bikini, cuestas de enero y compensación de excesos tras el verano (las tres mejores perlas de estos gurús) quizás sea la última vez que necesites ponerte a ello.

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