Cuando el “no me gustan las verduras” NO ES UNA OPCIÓN

De los colores se dice que se hicieron para satisfacer todos los gustos, puede no gustarte el rosa y no perderte nada realmente importante por ello. Del mismo modo, puedes no ser de falda y elegir siempre usar pantalón, o no gustarte el fútbol y ser más de ver balonmano. Incluso sí hablamos de comida puede no gustarte el bonito o preferir la berza a la coliflor.
¿Sabéis el emoticono ese de Watsapp que se le salen los ojos de sus órbitas y se incendian sus mejillas? Ese que pones cuando no sabes que responder porque te has quedado en el sitio. Pues esa es la cara que se me queda a mí cuando sucede una conversación similar a esta:

-No me gustan las verduras.

-¿Pero cómo que no te gustan? ¿Todas?

– Si, no me gustan las verduras.

Y entonces mi cara pasa a ser como el emoticono medio amarillo medio azul que se lleva las manos a los papos como diciendo  “¿y ahora que hago yo?” ¿En serio pueden no gustarte TODAS las verduras? Es imposible que hayas probado con todas las texturas, todos los sabores, todos los olores y todas las preparaciones que existen. Lo siento pero no cuela.

Esta historia comienza cuando en una casa, un niño ve que uno de los dos, o sus dos padres ponen mala cara “el día que toca verdura en casa” y entonces a veces se lo comen, a veces protestan cincuenta veces antes de comerlo, o veces dicen que se lo comen por “aquello de cuidarse”. Entonces el pequeño protagonista de nuestro cuento, que no es tonto, por algún mecanismo súper-absorbente, decide protestar al igual que lo hace su progenitor/a “a ver si cuela”, comprobando que a base de insistir, acaba por no ver más que purés de dudoso color en su plato de vez en cuando. Y así pasan los años de nuestro pequeño protagonista que con el tiempo ya no es tan pequeño, incluso se ha ido a estudiar fuera y ya cocina solo. Pasan los años y después de cantidades ingentes de pasta y arroz a la cubana, decide empezar a comer un poco mejor. Y para ello nada mejor que unas cremas de verdura de caja, medida rápida y sencilla donde las hay (o un salmorejo de caja, tan en boca de todos la semana pasada). Y así pasan los años, con pequeñas incorporaciones en forma de judías verdes (que parece que están ricas y son sencillas de cocinar). Así hasta que nuestro protagonista se convierte de nuevo en progenitor y  así eternamente. Es posible que pueda mantener esta forma de alimentarse siempre, pero también es posible que algún día un profesional sanitario deba de pautarle una dieta por alguna patología en la que un aumento en la ingesta de verduras sea parte del tratamiento, en la que la recuperación pase por un aumento del ingreso de vitaminas, minerales o fibra, quizás algún día esa dieta poco cuidada pase factura, o sus conocidos estén hasta el moño de pensar en un menú que le pueda agradar… entonces pensará que cuando eligió que “NO LE GUSTABAN LAS VERDURAS” no escogió una buena opción, porque de echo ni siquiera era una opción.

CRÍMENES CONTRA LAS VERDURAS

Os cuento esto, porque es mucha gente la que te comenta que quiere perder peso pero sin comer verduras, que hace unas digestiones pesadas por las noches pero no le gusta la verdura, que toma cajas de complementos alimenticios para los resfriados o la primavera pero no les gusta la verdura, que recurre a laxantes y se lamenta de lo estreñida que es, o que se extrañan de que sus hijos no comen verdura o siempre lo hagan en puré, siendo que a ellos mismos no les gusta.
Las posibilidades son infinitas¿Significa esto que debemos de comer sólo verde,y si es al vapor y sin ni siquiera aceite mejor? Para nada, significa que a todos nos puede gustar o disgustar un alimento en particular, (yo misma soy incapaz de comer alcachofas), pero significa también que hay millones de preparaciones deliciosas con base de verdura (verduras con legumbre, en ensalada, en bases de pizza o empanada, en pasteles, cremas, con arroz o pasta…). Entre cereales, fruta, frutos secos y legumbres también encontramos buenas cantidades de vitaminas, minerales, o fibra, siendo las raciones recomendadas, las más altas para las homenajeadas de hoy: por su baja densidad calórica, por su alto contenido en agua, fibra, vitaminas y minerales, por su capacidad saciante y la riqueza de sus componentes fito-químicos con diferentes funciones para nuestro cuerpo.

No seré yo la que ponga en tela de juicio una forma de tomar verduras, pero también es cierto, que a veces determinadas preparaciones acaban por terminar con todas las cosas buenas que estas nos aportarían:

  • Kilos de nata para aderezar una crema
  • Verduras pasadas de cocción, en los que cualquier parecido con su aspecto natural (y su contenido en vitaminas y minerales) es pura coincidencia.
  • La horrible manía de añadirle todo tipo de salsas, mayonesas… para camuflar su sabor
  • La ensaladas- despensa de la que ya hablamos un artículo pasado

LOS NIÑOS Y LAS VERDURAS

De acuerdo que el pediatra te ha mandado introducirle las verduras en un orden, cantidad y aspecto concreto y una nutricionista no va a venir a hablarte de nutrición infantil (léase con ironía), por eso un pequeño consejo: tan pronto como veas que tu niño es capaz de masticar (igual que lo hace con las galletas María y el jamón cocido que el mismo pediatra te ha mandado introducirle, a pesar los azúcares de la primera y los conservantes y sal del segundo) ponle un platito de coliflor, de brócoli o de judías en chiquitito y verás que además de ir cogiendo la destreza de comer alimentos sólidos, se va acostumbrando a su sabor, su textura y su color original.
Y para el que ya es demasiado tarde y lo rechaza por sistema, ve introduciendo, sin presión, de diferentes formas pequeñas raciones de estas en su alimentación.

Nadie dijo que fuera fácil, pero recuerda que es necesario, antes de que se convierta en un adulto que diga No a las VERDURAS.

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